La cara de los chacales | Columnistas | El Diario de la República
Columnistas | 16-03-2017 | 11:27 |

La cara de los chacales

Una del Indio en San Luis 

Por Miguel Garro
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Cuando en setiembre de 2008 Carlos “El Indio” Solari dio su histórico recital en el estadio Juan Gilberto Funes de La Punta, los hermanos Matías y Marcos Peuscovich pasaron muchos días en San Luis. Su tarea se circunscribía a todo lo relacionado al show y demostraron ser depositarios de una confianza ciega por parte del artista que por entonces presentaba su primer disco solista, “Porco rex”.

La productora que comandaban tenía el premonitorio nombre de “Chacal” y a ellos, en la intimidad, los llamaban, consecuentemente, los chacales. Habían iniciado contacto con la provincia por medio del ministerio de Turismo, comandado en aquellos días por José María Emmer, quien demostró un amplio orgullo al confirmar la llegada del Indio a la provincia. El recital se realizó con total normalidad.

El trato con los Peuscovich dejó en evidencia las diversas personalidades de los hermanos. Matías era el más extrovertido incluso en su vestimenta, que terminaba en unas botas texanas que merodeaban el ridículo. El empresario repitió esa postura en el video difundido hace unos días mientras discutía con los vendedores ambulantes la ubicación de los puestos de cerveza para el encuentro en Olavarría.

Marcos, en cambio, apareció por aquellos días mucho más sobrio, más cerebral, con la tarea de equiparar costos y gastos y manteniendo un cuidadoso segundo plano. Ambos, durante y después del recital, se esforzaron en informar que al show habían asistido unas 30 mil personas, un número bastante inferior del que se veía en realidad y del que estimó la Policía de la provincia. SADAIC estaba tras sus pasos.

Dos días antes del concierto, un periodista de El Diario de la República se acercó al estadio para ver cómo iban los preparativos para el gran show. Allí, alguien le dijo que los hermanos Peuscovich estaban en el aeropuerto de San Luis a la espera de la llegada de Solari.

La noticia, entonces, cambió de foco. Lo importante ya no era ver cómo estaba el estadio sino aguardar el arribo del cantante, en avión privado como sucedió en Olavarría.

Cronista y fotógrafo llegaron en la siesta puntana al desolado aeropuerto local que tenía por entonces un puñado de ocupantes. Un remise a la espera de un vuelo imposible, dos o tres empleados que aportaban al silencio desolador y los hermanos Peuscovich. Matías tenía puestas sus botas texanas.

Sus rostros de transformaron de manera escandalosa cuando vieron llegar a los enviados de este medio. Primero preguntaron de dónde habían sacado la información sobre el arribo del cantante y ante la evasiva de los trabajadores de prensa llamaron al personal del estadio para ordenar que nadie brindara información a nadie.

“Menos mal que estos muchachos son amigos…”, dijo Matías al teléfono en referencia a los dos periodistas y como inicio de una negociación (que finalmente no prosperó) para la no publicación de fotos de Solari bajando del avión. Para Peuscovich, se ve, la amistad se forja en una charla periodística y en algunos llamados telefónicos.

La incomodidad de los hermanos era visible. No sabían cuál sería la reacción del “Indio” al ver que dos periodistas rompieron la hermética seguridad que había impuesto tanto para su llegada como para todos los movimientos en la provincia y lo estaban esperando.

La hora prevista del arribo se fue demorando extensamente. Dos horas después, cuando la siesta ya era tarde, el cronista decidió abandonar la guardia y aliviar en algo los rostros tensos de los chacales. No fue por las constantes indirectas que tiraron los hermanos productores para que los periodistas se fueran del aeropuerto. La hora de cierre de la edición se acercaba.

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