Cronopios del puntano que mejor conoció a Julio Cortázar | Espectáculos | El Diario de la República El Diario de la República
Espectáculos | 04-06-2013 | 09:36 | 0

Cronopios del puntano que mejor conoció a Julio Cortázar

Leandro Despouy compartió el exilio y varios actos públicos en París con el creador de “Rayuela”. Dice que el escritor se preocupó mucho por la suerte de Mauricio López.

Por Miguel Garro | Mail: mgarro@grupopayne.com.ar
  • Comentar
  • Imprimir
  • Enviar
  • +-Texto
  • Compartir
  • Facebook
  • 1/3
  • 2/3
  • 3/3

De paseo por la Grand Place de Bruselas en busca de un lugar dónde cenar, Julio Cortázar y Leandro Despouy escucharon una frase que no pudieron ignorar: “Soy argentino, estoy perdido –decía- ¿Cómo puede ser que en este lugar nadie hable español?”.
El acento y la arrogancia del testimonio, más la situación compleja que acusaba, hicieron que Julio y Leandro atendieran el pedido. También se acercó al argentino perdido un mozo español que atendía en uno de los múltiples barcitos que rodean una de las plazas más lindas de Europa, en la capital de Bélgica.
Domiciliado en Avellaneda, hincha de Independiente y porteño de ley, el extraviado no reconoció en uno de sus ayudantes a uno de los escritores más importantes del mundo. “Me parece que en la casa de mi tía había un libro tuyo”, respondió, impreciso, el sujeto cuando Cortázar le dijo que era Cortázar. Acaso por eso, el autor de “Rayuela” le pidió a Leandro que hiciera hablar al desconocido. “Julio cerraba los ojos y me decía que necesitaba llenarse el alma con el acento argentino”, recuerda Despouy.
El mozo español le indicó al perdido que su hotel estaba a sólo media cuadra de Grand Place, por lo que la situación no era tan caótica como parecía en un primer momento. Entonces, el turista les pidió a sus compatriotas que lo acompañaran esos metros en los que hablaron de Bernal, del puente de Avellaneda y de fútbol. Y en los que el escritor se dio un formidable baño celeste y blanco.
Pero la descripción perfecta del ser argentino vendría después.
Apenas llegados al hotel, el guía del contingente avanzó sobre el perdido, furioso por la demora y porque el resto del tour estaba en el lobby con todo listo para otra excursión. El porteño interpeló a su guía, abrió los brazos, miró a los costados y casi gritó: “¿Qué querés que hiciera...? Salí a dar una vuelta, me encontré con Julio, me invitó a tomar un café ¿Cómo le iba a decir que no?”.
La anécdota –que terminó con Cortázar firmando autógrafos a todos los miembros del contingente y con una sonrisa resignada- ocurrió una noche del verano europeo de 1974, un día después que Leandro Despouy prestara declaración en el tribunal Russell y en los albores de una amistad que el escritor de “El libro de Manuel” y el puntano forjaron hasta la muerte de Julio.
El tribunal Russell fue un estrado creado por el escritor Bertrand Russell para investigar distintos hechos de importancia mundial con la visión de intelectuales, teólogos y diplomáticos de todo el mundo. Su primera acción fue explorar la Guerra de Vietman, pero a mediados de los 70, la ocupación central era el avance de las dictaduras latinoamericanas.
Cuando la Triple A asesinó a Silvio Frondizi –hermano de Arturo y ocupante del mismo estudio jurídico de Despouy- Leandro entendió que era el momento del exilio. Pese al dolor, su elección no fue tonta: recayó en París, donde de inmediato se relacionó con un grupo de artistas nacionales como Antonio Seguí y Julio Le Parc. Fueron ellos quienes le avisaron que en pocos días, en Bruselas, sesionaría el tribunal Russell y que sería la oportunidad para que el recién llegado expusiera la situación en Argentina.
“Al principio no me querían tomar la declaración porque en Argentina no había una dictadura; pero el deterioro institucional que tenía el gobierno de Isabel Perón hizo que la situación fuera caótica”, recuerda Despouy, quien antes de leer su escrito ante los intelectuales, se entrevistó con Gabriel García Márquez (también miembro del Russell) para que convenciera a los otros miembros de la necesidad de escucharlo.
La aceptación del durísimo documento que Leandro leyó ante el tribunal fue el primer paso de su amistad con el autor de “Rayuela”. En medio de la declaración, el puntano observó que un miembro del tribunal se levantó del estrado y se sentó entre el público: era Cortázar. Y cuando tomó la palabra, su preocupación fue elocuente: “Quiero suscribir en todo el testimonio de este joven. Mi país está por entrar en una situación similar a la que viven otros países de la región”.
Esa misma tarde, Cortázar y Despuoy se sentaron a la mesa de una conferencia de prensa con medios de todo el mundo en la que retrataron, otra vez, la situación nacional.
“Contra lo que se cree, Julio vivía idealizando y soñando en Argentina. Su literatura es esencialmente argentina”, dijo Leandro en una visita a San Luis, la semana pasada. Luego de ocupar varios cargos de relevancia a nivel mundial, Despouy es en la actualidad Auditor General de la Nación.
Cuando habla de Cortázar, lo hace con la autoridad de alguien que compartió con el escritor decenas de charlas, cientos de actividades solidarias y el recuerdo doloroso de su país durante casi una década de exilio. “La mayor particularidad de Julio era que no reflejaba en su rostro ni en su cuerpo la edad que tenía. Parecía un hombre que no envejecía", recuerda el abogado.
Despouy tenía 25 años cuando habló por primera vez con el escritor, que rondaba los 60 y que no disimulaba que una de las heridas más grandes de su vida fue que en su país se lo destratara, dice el puntano. Recordó el abogado de San Luis que la dictadura de Juan Carlos Onganía mostró a Julio como un traidor por solicitar la nacionalidad francesa. "Pero la dictadura de 1976 sería peor: lo presentaban directamente como un enemigo del país".
Despouy le habló de San Luis a su amigo. Y recuerda especialmente la preocupación que el escritor tenía por la suerte de Mauricio López, el desaparecido rector de la UNSL. "No sé si lo conoció por su paso por Mendoza, donde Cortázar fue docente, o por medio de un teólogo francés miembro del tribunal Russell que fue amigo de Mauricio", señaló.
Cada vez que Leandro interpelaba a su amigo sobre su obra se encontraba con un muro de difícil traspaso. "No hablaba mucho. Pese a su fama mundial, era bondadoso, entrañable y humilde".
Pese al carácter taciturno del escritor, Despouy recuerda que pocas veces lo vio tan contento como cuando regresó a la Argentina. Su amigo señaló que las cosas que alegraron al escritor fueron que los jóvenes conocían sus libros y que el espíritu que vio en la gente le daba elementos para pensar que la vida democrática podría extenderse.
"Vi Buenos Aires, Leandro, está bellísima", le dijo, emocionado, ya de vuelta en París.
La última vez que se vieron, Despouy acompañó a Cortázar y a su pareja de entonces, Carol Dunlop, a ver un médico en Reims, más de 100 kilómetros de París. No estaba bien de salud, las transfusiones de sangre le quitaban el ánimo, pero el amor con la escritora canadiense lo mantenía en pie. "Estaba muy contento porque por primera vez había podido escribir con alguien. En lo amoroso estaba pleno. Parecían dos adolescentes enamorados".
La sorpresiva muerte de Dunlop, dejó a Cortázar sin una compañía. Ese fue, para Leandro, el detonante del agravamiento de su estado de salud.
Para entonces, el puntano ya estaba trabajando como embajador de Derechos Humanos en la presidencia de Raúl Alfonsín. Hizo todo los trámites posibles para estar en el velorio y el entierro y hasta se contactó con Jorge Luis Borges para invitarlo al sepelio. Pero lo rápido que fue la ceremonia de despedida de Cortázar conspiró con el último adiós que el amigo puntano del escritor merecía darle.
 


Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento



Mirá los comentarios
0

Se el primero en comentar